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Pablo Garcés Posts

Son monísimas

Estamos terminando un día largo cenando en La Barrosa, en una noche calurosa, sin viento y con todos los mosquitos del cielo curioseando por nuestra mesa. “Verás mañana cómo voy a estar de picaduras”. Las niñas no han parado de llorar en toda la noche (por no decir que en todo el día) y para que podamos terminar de cenar, cojo a Abril e intento distraerla y convencerla de que quizás no es el mejor momento de gritar y llorar. En un restaurante llevar a dos niñas de seis meses es muy delicado, primero todos te sonríen al verte llegar y dicen o escuchas “Son monísimas”, y luego, si sucede lo que siempre sucede, que gritan y lloran, prefieres no levantar la mirada y comer tan rápido como puedas para huir sin dejar rastro, porque esos mismos que decían que son monísimas te hacen sentir el reproche incluso sin mirarlos.

Pero Abril milagrosamente sonrió y se relajó. Dejó de llorar. “Alguna tontería que le he dicho habrá funcionado”. Pero no, mi suegra que está intentando terminar de cenar me advierte que a Abril le rebosa la caca por encima del pañal, empapa el pantaloncito, y de paso, mi camiseta. Con las milagrosas toallitas intento disimular el regalo de mi hija y pago la cuenta. Como queremos terminar bien la noche, olvidando el mal rato de los mosquitos y los gritos de las niñas, ahora que están dormidas intentaremos dar un paseo por la playa hasta una heladería. Vamos mi suegra, mi novia, las dos niñas, el cerco en mi camiseta, y yo. Ese es el momento en el que te abres paso entre todos los turistas que abarrotan La Barrosa y vuelves a escuchar el “Son monísimas”, y yo asiento con mi mejor sonrisa de imbécil con un cerco empapado en la camiseta y mi mujer quejándose de todas las picaduras de los mosquitos, como si yo tuviera la culpa, que parece que sí. La gente sigue abriéndose paso para que podamos avanzar, y sonríen con ese consenso paternalista dirigido a una pareja joven con sus dos bebés.

Ya en la heladería, y sentados frente al mar, a la una de la mañana y con brisa las cosas se ven de forma diferente. Abril y Adriana se despiertan, pero están hipnotizadas como siempre que algunos de los dos tenemos una cuchara en la mano, en este caso con helado. Para que no vuelvan a clavarse sus llantos y escandalera en nuestras nucas, le dejamos que prueben un poquito de helado, sonríen, y vuelven a dormirse. Es el momento perfecto para huir, aún con el cerco en la camiseta, volver a abrirnos paso entre la gente y llegar al coche y luego a casa, donde las abrazamos hasta que se duermen.

Fue una noche perfecta, de no haber sido por los mosquitos, la gente, los llantos y el cerco. Algún día le contaremos estas aventuras, que hoy os contamos a vosotros con cara de circunstancias, últimamente vivimos entre el Emoji del llanto y el descojonarse. Y viceversa.

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Nostalgia

Las primeras semanas fueron extrañas; perdimos el humor, lo cual es terrible, así que nos concentramos en disfrutar de las niñas en esa tarea heroica que supone cazar el tiempo para hacerlo volver. Las tengo ahora en la cuna mientras juegan curiosas con el chupete y de vez en cuando gritan alborozadas. No ha habido un solo día de su vida en que no se hayan despertado sonriendo, y a esa tabla nos agarraremos siempre, también en los peores momentos. Si me acerco mucho me arañan la cara con expectación, como esperando que bajo mi piel aparezca un juguete. Probablemente, de insistir, algún día lo consigan.

Muchas noches me asomo cuando duermen y estoy tanto tiempo mirándolas que las siento crecer; veo cómo cambian lentamente sus rasgos, y me parece escuchar a lo lejos el crujido lento de sus huesos estirándose. El primer día que las tuve en casa junto a mí las abracé contra el pecho y me vi reflejado en el cristal del salón como Vito Corleone arrullando a su hijo en una cocina enana de Little Italy. Con el tiempo han de saber de estos meses en los que su madre y yo no las dejamos nunca solas y las protegimos del mundo, y será ese tiempo en el que sepamos los dos, Carmen y yo, que siempre será así y nunca cambiará nada. Que no habrá ningún dolor suyo que no sea nuestro, y que por cualquier lágrima que suelten soltaremos nosotros cien, y ésa será la fuerza que tengamos. Recordaremos los primeros días y los primeros años con la agitación de las cosas primeras, y las noches en vela en el hospital al pie de la cuna con un rifle en la mano, dispuestos a todo para que el bebé saliese de allí fuerte, casi por su propio pie. Será entonces cuando comprendamos todo lo que hemos perdido y lo que seguiremos perdiendo, pues todo parto (yo parto, tú partes, él parte) es una despedida: la del hijo que nace marchándose ya de un sitio para seguir marchándose de todos los demás. La nostalgia de lo que pudo ser y efectivamente fue.

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